
Surgido del cóctel explosivo entre la timidez del pintor y la arrogancia del rapero, Maíllo se constituye como el nuevo descubrimiento imprescindible de la escena madrileña. Supinturase expresa con la rotundidad y clarividencia del que tiene el flow de su lado. Incendiario y arrollador, el artista de 26 años despliega toda la potencia de su arsenal pictórico en su primera exposición individual donde sus personales trazos, firmas, grafías y gestos se imponen sobre las superficies en un amasijo de magia totémica, spray y estados alterados de conciencia.
Para este artista que nunca comienza una obra sobre un lienzo en blanco, la superficie pictórica es un campo de trabajo, un muro sobre el que grafitear, usando telas, tablas y papeles para raspar, lijar, manchar, chorrear o extender la pintura.
Sus obras son la confirmación del discurrir constante de ideas, de líneas de trabajo paralelas, de la efervescencia y lo incontenible de aquel que está enfermo de pintura. Practicante de un método riguroso -propio de la admiración hacia los grandes maestros como Velázquez o Goya – el artista tiene como alter ego a los pintores del paleolítico, los pintores indios navajos, los pintores amateurs, los comprometidos con el oficio, con la tradición y la técnica, los pintores de psiquiátrico, los de campo de concentración, en definitiva, outsiders y anónimos que conciben la práctica radical, bárbara, atávica y primigenia de lapinturacomo la experiencia del Uno con el Todo.
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